El sábado 6 de septiembre, a las 20:12 UTC, un cohete de 28 metros despegó desde el puerto espacial de Andøya, en el norte de Noruega, y siete minutos después estaba en órbita. Nada en la escena sugería que se trataba de un hito histórico: ni multitudes, ni transmisión con la producción de un lanzamiento de SpaceX. Pero ese cohete, el Spectrum, es el primero completamente comercial que llega a órbita desde suelo europeo.
De un TP en la universidad a la órbita
Isar Aerospace, la empresa detrás del lanzamiento, la fundaron en 2018 tres estudiantes de la Universidad Técnica de Múnich. Ocho años después, su cohete de dos etapas puso en órbita cinco CubeSats y un experimento tecnológico que no se separó del cuerpo del cohete. Lo de "completamente comercial" no es un detalle semántico: significa que Spectrum se desarrolló y financió mayormente con capital privado —cerca de mil millones de dólares en rondas de inversión—, y no como parte de un programa estatal encargado a una empresa contratista, que es como se hicieron casi todos los lanzamientos orbitales europeos hasta ahora.
Eso no quiere decir que el Estado estuvo ausente: la agencia espacial alemana (DLR) aportó 11 millones de euros en 2021, y la Agencia Espacial Europea sumó 197,8 millones de euros a través del European Launcher Challenge. La diferencia con el modelo tradicional es que esa plata financió a una empresa privada compitiendo por contratos, no a un monopolio estatal ejecutando un plan fijado de antemano.
"Lo que a la industria europea le llevó décadas"
Daniel Metzler, CEO de Isar Aerospace, lo resumió con una frase que suena a revancha: "logramos en pocos años lo que le había llevado décadas a la industria espacial europea". Europa lleva tiempo discutiendo su dependencia de SpaceX para poner satélites en órbita, una dependencia que quedó más incómoda todavía con la tensión geopolítica entre la Unión Europea y Estados Unidos de los últimos años. Un lanzador propio, desarrollado por una startup y no por un consorcio estatal, es la respuesta que gran parte de la industria europea venía pidiendo pero no lograba concretar.
El logro de Isar no resuelve de un día para el otro el problema de capacidad de lanzamiento de Europa —un solo cohete no reemplaza la cadencia de decenas de lanzamientos anuales que tiene SpaceX—, pero marca que el modelo de startup espacial privada, tan asociado hasta ahora a Estados Unidos, ya tiene un caso de éxito europeo concreto y verificable en órbita.
La lectura para una pyme argentina
El sector espacial parece lejos de la agenda de una pyme, pero cada nuevo lanzador que compite baja, con el tiempo, el costo de poner en órbita los satélites que sostienen servicios que sí usa cualquier negocio chico: conectividad rural, imágenes satelitales para agro, sistemas de posicionamiento. Más competencia entre lanzadores —Isar sumándose a SpaceX, Rocket Lab y otros— tiende a bajar precios y ampliar disponibilidad en el mediano plazo. No es un efecto inmediato, pero para una pyme que depende de conectividad satelital o de datos geoespaciales, cada jugador nuevo en este mercado es, a la larga, una opción más barata sobre la mesa.
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